¿El alma de la fiesta?

Por: María Sajo
¡Ay, no! de verdad que eso es echarle a perder la vida a la
gente. Yo no puedo decir que haya sido adrede; pero si puedo
asegurar que tragar alcohol de esa manera es tan, pero tan,
perjudicial para el que se lo toma como para los que están a su
lado...
¿De qué hablas Jenny?, explícate mejor, porque ese código no es
tan comprensible. Y menos con este calor y mis hormonas, que
cada día me convenzo más de que la menopausia ya es un estado de
ánimo y no una cuestión de edad. Dije, mientras le daba un sorbo
a mi té chai frapé.
—Pues bien a bien, no sé por donde empezar. Ya ves que a mí eso
de los cuentos no se me da muchotote que digamos, pero les
cuento que fui una boda, ya saben: misa hermosa, novia preciosa,
novio como príncipe azul, fiesta de ensueño y chalalá, chalalá.
Todo perfecto.
Bibis se esmeró bastante en que todo quedara hermoso y fuera la
boda que siempre había soñado; pero así como no hay crimen
perfecto, pareciera que tampoco hay boda perfecta, aunque
parezca que sí. Y la de mi amiga no fue la excepción; pero no
por ella, sino por un irresponsable familiar.
—¡Ya Jenny! Cuéntanos qué fue lo que sucedió, porque todo este
preludio lo único que provoca es más calor, a pesar de que este
minisplit parece que hecha humo de lo forzado que está por
aventar más aire frío —dijo Marijos.
—Pues resulta que Eduardo, uno de los primos de Bibis, creyó que
su deber en esa boda era acabar con todo el vino de la noche,
para evitar borrachos o no sé; pero, sucede que a media fiesta
estaba más que ebrio y claro que todos nos dimos cuenta cuándo a
mitad de la pista empezó a quitarse la ropa: “por que tenía
calor”.
La primera que se empezó a sentir mal por el comportamiento de
Eduardo fue Licha, su esposa, quien para pronto empezó a ponerle
la ropa y a llevárselo a la mesa antes de que siguiera
exhibiéndose frente a los invitados y a un lado de los novios.
¿Podrán imaginarse la cara de Bibis y del marido cuándo
empezaron a ver el show de Eduardito? El primer impulso de ellos
fue hacerse a un lado mientras Licha y uno de los amigos la
ayudaba a llevárselo a su mesa; claro que con toda la reticencia
de él, pues según esto, todo estaba bien.
Ya en la mesa, Licha recogió su bolso y empezó a despedirse de
la familia que ahí estaba, reflejando en la cara toda la
vergüenza del mundo. Y Eduardo estaba como si nada. Es más, la
veía como a una loca y les hacía caras a los demás cada que ella
se disculpaba.
Claro que para ese momento, todas las miradas de los invitados
estaban clavadas en Licha y Eduardo. En ella por la decencia con
la que se despedía y en él por estar tan borracho y claro, por
sus actitudes.
Ya sabrán cuando se despidieron de una de las amigas de Bibis
que traía tremendo escote, el súper comentario tan profundo que
Eduardo le hizo y los esfuerzos supremos de Licha por sacarle
los ojos de ahí.
Antes de que el novio de esta escotada muchacha se le pusiera al
brinco, llegó uno de los hermanos de Eduardo a darle el jalón y
a llevárselo casi arrastrado antes de que siguiera complicando
más las cosas.
Parecía que Eduardo no se daba cuenta de lo que pasaba; bueno,
supongo que eso les pasa a los borrachos. Y como él no se quería
ir, cuando lo iban sacando que le da un tirón al mantel de una
de las mesas, en su afán por detenerse de algo que le ayudara a
mantenerse ‘en esta fiesta tan divertida’. Y ¡zaz!, que les
hecha todos los platos y las copas encima a los invitados.
¡Ah! Y por si esto fuera poco, en lugar de disculparse que le
sale lo bravucón: empezó a buscar pleito a todos los señores que
intentaron defender a sus esposas.
Creo que ya se estarán dando cuenta de la magnitud del showcito
que este borrachito hizo en la boda de Bibis. Para esos momentos,
los demás primos ya lo iban escoltando, así como sus hermanos y
hasta el pobre novio que ya estaba dentro de la comitiva.
Parecía que Eduardo antes de irse tenía que terminar de darle en
la torre a todo lo que se le pusiera enfrente, y casi lo logra
al darle un puntapié al jarrón de la decoración del lugar que,
para suerte de todos, era de plástico y no se rompió, pero eso
sí: llamó aún más la atención de los que ahí estábamos reunidos.
La fiesta se paralizó por un momento. Todos esperábamos el
momento en que Eduardo saliera del lugar y nos dejara seguir
disfrutando, cuando la pobre Bibis empezó a llorar. Ningún
esfuerzo valió lo suficiente como para tranquilizarla, hasta que
de plano, el esposo dejó en la puerta a su querido primo y lo
despacharon directito a su casa.
—¿Y después? —pregunté— ¿qué fue lo que sucedió?
Pues todos hicimos el mayor de los esfuerzos por seguir como si
nada; pero definitivamente, les digo, Eduardo nos dio de qué
hablar hasta que la fiesta terminó y, es más, hasta ahora.
Todas soltamos tremenda carcajada y cambiamos de tema.
