Malentendido Matrimonial
Por: Fame de Guadalajara
No es culpa del amor si tantos matrimonios fracasan. ¿Qué
persona, de las que aman, piensa en el fracaso? La frescura de
un amor joven enmascara frecuentemente todo aquello que se
encuentra de manera latente, que más tarde se hará presente y
será precisamente lo que provoque la ruptura en el matrimonio.
Aceptarlo o no, es responsabilidad de uno mismo...
Se ama tanto que se cree que algunas divergencias de opinión, de
distintos intereses, costumbres, formas de educación y
diferencias en el nivel cultural y hasta económico, nunca podrán
llegar a dañar la relación; para los enamorados las barreras no
existen.
Sin embargo, tomando en cuenta que somos seres sumamente
complejos que además nos desarrollamos a través del tiempo,
sería incorrecto afirmar que hemos llegado a conocer a alguien
en su totalidad.
En realidad podemos lograr una aproximación; pero, es
precisamente en el momento en que reconocemos al otro como
conocido, cuando descubrimos que existen facetas, gestos, gustos,
hábitos, que se van modificando o surgen naturalmente a
propósito de ese devenir y del crecimiento y madurez que se han
de dar y que, por otro lado, le quitan lo aburrido y salpican de
sabor a la monotonía de lo cotidiano. A pesar de estas ventajas,
la incertidumbre que provoca el cambio, muchos no las pueden
manejar. Preferirían sentir que tienen el control de su entorno
y de lo que sucede en él, que admitir la armonía de la vida, que
muchas veces nos conduce por caminos poco conocidos por los que
inevitablemente hay que tener la oportunidad de tratar alguien
tanto en las buenas como en las malas: observar cómo se
desenvuelve; cómo realmente es a partir de sus relaciones
familiares, donde uno difícilmente puede fingir ser lo que no es;
observar bajo qué normas morales y de educación se fundamenta
tanto su vida familiar como las relaciones de amistad que ha
logrado cultivar a lo largo de los años; qué actitud muestra con
relación a la religión y si comparte el mismo compromiso siendo
respetuoso con sus creencias; también, observar cómo enfrenta
los pequeños o grandes sinsabores que nos da la vida, el interés
y disponibilidad que muestra por las personas que le rodean, en
especial por las necesitadas o aquellas que no puedan aportarle
beneficio alguno.
En fin, el éxito de un matrimonio no ha de fundamentarse en las
coincidencias entre los cónyuges, sino que, aunque se den las
naturales diferencias y aún a pesar de ellas, los esposos se
respeten y aprendan que si realmente quieren vivir felizmente
casados, han de comprender que en el matrimonio como en la vida
misma, es imposible vivir en un estado constante de alegría. Más
bien hay momentos maravillosos que se viven una sola vez y son
precisamente estos los que alimentan la vida en común,
atravesarlos, y no siempre, son del todo placenteros.
Pero vuelvo al punto central. La desilusión de haber conocido al
otro real, distinto del que uno esperaba antes del matrimonio,
responde también a las falsas expectativas o más concretamente,
a la idea que el amante fabrica con su imaginación del cómo le
gustaría que fuera su príncipe azul, al grado de llegárselo a
creer. El problema radica en que la realidad está muy alejada de
ser así, las personas no somos producto de un ideal de hombre o
mujer. No somos resultado de lo que otros quisieran que fuésemos,
sino seres humanos concretos, únicos e irrepetibles.
Por otro lado, un rasgo típico del noviazgo, es el buscar
agradar constantemente a nuestra pareja, y la forma más eficaz
de lograrlo es en definitiva mostrando en lo posible sólo lo
mejor de nosotros mismos, con lo que logramos únicamente que el
otro nos idealice en su mente y su corazón. Como dice Rafael
Llano Cifuentes: "Las personas, en general, callan la verdad
sobre sus errores y limitaciones”.
Solo de uno mismo y de nadie más, depende el favorecer las
circunstancias para que estos pequeños obsequios se nos den en
mayor o menor medida, pues nadie sino uno mismo es el forjador y
responsable de su propio destino ya que la buena suerte es de
quien la busca y no de quien la encuentra. Sin embargo, para
tener esta oportunidad de éxito en el matrimonio, es preciso no
asumir el compromiso hasta que realmente sea uno capaz de
equilibrar deseos y sentimientos con la razón y la voluntad para
poder ver con claridad aquello que normalmente se llega a
distorsionar si es observado exclusivamente con los ojos del
corazón o los instintos.
