
La convivencia en pareja

Las
normas tradicionales imponían que las parejas incompatibles
entre sí continuaran unidas por el bien de sus hijos, al menos
hasta que éstos fueran adultos. La educación era la primera
función de la familia y debía cumplirse al abrigo de la
convivencia de los padres. Recordemos lo que tradicionalmente
impone el Catolicismo en cuanto al matrimonio, "hasta que la
muerte nos separe". Esto ha provocado que muchos de nuestros
antepasados siguieran juntos puesto que era imposible plantearse
una ruptura matrimonial ya que ello estaba mal visto.
Muchas personas al leer este párrafo asentirán que han perdido
su vida al lado de alguien que ya habían dejado de querer
simplemente porque las normas así lo imponían. Yo misma tuve que
aguantar incomprensiones por parte de mis padres y abuelos al
explicarles mi decisión de romper con el compromiso matrimonial
que había adquirido simplemente por no encontrar sentido a mi
propio crecimiento personal al lado de esa persona que años
antes me había llenado de felicidad. Hoy, que los individuos
anteponen su propia realización a la misión paterna, muchos
piensan que las parejas incompatibles merecen la oportunidad de
liberarse para encontrar una persona más adecuada y mayor
satisfacción emocional. A esto se añade que, divorciándose y
ejerciendo la paternidad por separado, se favorece el
crecimiento y autorrealización de todos, adultos y niños.
La decisión de deshacer la pareja constituye un momento crucial
en la vida matrimonial y familiar. El final de un matrimonio, o
de una convivencia, requiere de ambos compañeros el replanteo
inmediato de un proyecto de vida compartido hasta ese día, y
puede ejercer cierto efecto, negativo o positivo, sobre padres e
hijos. Muchas personas creerán que teniendo hijos deben seguir
juntos por el bien de ellos y eso no es del todo cierto. Para un
hijo es mucho mejor que sus padres estén separados si ello les
aporta un bienestar personal con lo que mejorarán las relaciones
con el hijo atendiendo a su madurez emocional. Los padres
seguirán ejerciendo su papel con una mayor calidad por separado
que si estuvieran juntos sólo por el hecho de tener un hijo
porque sus propias insatisfacciones emergerían en la educación
de sus hijos.
Hoy en día, se tiende a privilegiar la felicidad personal
respecto de la familiar, con lo cual, si un matrimonio no es
satisfactorio, no se considera obligado a permanecer unido por
el bien de los hijos.
El cambio de los roles masculino y femenino en los últimos
decenios provoca el aumento de la inestabilidad matrimonial en
nuestro tiempo. Cuanto más trabaja la mujer fuera de casa, menos
hijos tiene, ha recibido mayor educación, su autoestima ha
aumentado, sus ideas sobre el reparto de los roles familiares
resulta menos tradicional y es más fácil que se produzca una
separación. En las familias en que el marido ha perdido el
trabajo, se agudizan los problemas sexuales, de autoestima, de
abuso de alcohol o de drogas y los casos de violencia se
multiplican. En el comportamiento violento es posible que el
hombre encuentre un sustituto para la virilidad perdida (a sus
ojos) y por la disminución de sus perspectivas laborales. La
masculinidad, además, se halla asociada al control sobre los
demás y sobre sí mismo: el hombre está destinado a la acción, no
se puede permitir ser débil, mostrarse y sentirse vulnerable
como una mujer.
Las parejas modernas pueden ser particularmente ricas,
estimulantes y felices cuando sus integrantes comparten un
proyecto de vida en común, pero tienen un alto riesgo de fracaso
si con ello limitan el desarrollo personal de cada uno. El
desarrollo personal es hoy un objetivo importante que se
persigue aún a costa de rupturas, traslados, cambios de trabajo,
adquisición de nuevas aptitudes y análisis de uno mismo. En este
proceso, la pérdida y el duelo acompañan al crecimiento y a la
afirmación de la individualidad.
Se considera que el vínculo amoroso es el camino apropiado para
lograr el proyecto personal de vida, que constituye el objetivo
fundamental de los individuos en nuestra sociedad. Cuando se
interrumpe un vínculo afectivo, es normal que se desee no sufrir
más, liberándose de la relación insatisfactoria, y encontrar una
manera de vivir más grata, sólo o con otra pareja.
La separación emocional puede aparecer mucho antes que la
separación física. Comienza cuando uno de los miembros de la
pareja observa el deterioro de la relación e intenta ponerle
remedio, pero no lo consigue. Poco a poco, el cónyuge en crisis
pierde la esperanza de que las cosas mejoren y comienza a
imaginar que no vale la pena mantener el vínculo. El odio, los
celos, la indignación y otros sentimientos negativos son
reacciones de defensa ante el dolor y la angustia que sienten
los compañeros que son dejados por el otro, pero que aún siguen
unidos en el aspecto emocional. Como se niegan a aceptar el
final, muchos de ellos intentan exorcizar el dolor y acusan al
ex compañero o al mundo; alimentan deseos de venganza y acumulan
ira y resentimiento. El enamoramiento es una de las experiencias
más deseadas y más temidas al mismo tiempo; porque, siendo
extraordinariamente enriquecedor para el crecimiento personal,
si el amor muere, puede ocasionar daños gravísimos a nuestra
psique y bloquear nuestro desarrollo.
Para algunos el final de una relación es un episodio intolerable
e inadmisible; un fracaso que genera graves sentimientos de
culpa. Este fenómeno aparece en particular cuando sólo uno de
los cónyuges quiere romper la unión, y el otro, que acaso no ha
percibido el proceso de deterioro de la relación, es sorprendido
por esta decisión. Pero el tiempo y el análisis de uno mismo
hacen que la separación se viva finalmente como una necesidad
para mejorar nuestro crecimiento personal.
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